lunes, 10 de octubre de 2011

Una vida entera

Los recuerdos se agolpan en su cabeza. Amargos, dolorosos, pero felices al mismo tiempo. Aunque la muerte de Jackson el Tuerto pesaba sobre su conciencia con miles de toneladas y nunca olvidará el daño que le hizo, la traición de asesinar a quien le había dado la vida. Aunque al mismo tiempo, había sido ese asesinato quien le dio su nueva vida, una vida dónde encaja, y además, le ha dado una razón por la que luchar, por la que vivir, una guerra que tiene que ganar.

Una vez más el “Eyeless Jackson” surca los mares del norte, cerca del helado mar ártico, persiguiendo una embarcación sospechosa. Tras el asalto, el combate se despliega en todo su apogeo, mostrando a varios fomori que salen de sus bodegas. Un vampiro los acompaña, parece ser su jefe. Joven, inexperto y lleno de cólera Erik se lanza a combate singular contra el vampiro. Una dura lección aguarda al lobezno, y, gracias a Jan, sobrevive, que consigue sacarlo a duras penas del petrolero. La profunda cicatriz que cruza la espalda de Erik fue la muestra del error que cometió por no estudiar a su adversario, demasiado poderoso por llevar más de mil años convertido en vampiro. Un poderoso seguidor del Wyrm acaba de ser descubierto y en medio de estertores Erik graba a fuego su nombre en lo más profundo de su alma. “Mañana, cuando sea fuerte, te daré caza y ofreceré tu sangre a Gaia para que la purifique” – le gimotea señalándole con una garra, y el vampiro solo ríe desquiciado por la dantesca escena, por la ebria soberbia que le produce el poder.

Semanas han pasado y su espalda sigue ardiendo, su alma hierve como si le herida fuese reciente. Y mientras tanto, Erik sigue investigando, preguntando a los espíritus el nombre de tan despreciable alimaña. Infructuosas semanas en vela se pasa entre la Umbra y la Vigilia, perdido en la Celosía, dónde la urdimbre de la Tejedora intenta atraparle. Hasta que lo encuentra, en un barco, perdido en el oceano, un registro, un nombre, una alusión en un dossier de Pentex. Biagio Garavaglia. Le había encontrado, ahora sólo necesitaba tiempo. Decidió empezar a hacerle enfadar para que dejase de reir, esa desquiciada risa que todavía sonaba en su memoria, que le sacaba de sus casillas. Lo único que provocaba su frenesí.

Pasan los meses y entre razias y asaltos a bases costeros, a inmundos barcos empieza a ver las señales.

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