lunes, 10 de octubre de 2011

La primera vez

Aquella noche se sentía lleno de júbilo. Cenaba un pedazo de pescado que el propio Jackson el Tuerto le había echado en el plato. No era delicioso, tan solo era un pedazo de Merluza cruda que habían pescado esa misma tarde pero a él le supo a gloria, el hecho de que Jackson le cuidase tanto hacía que cualquier pedazo de comida valiese la pena.

Tras la cena, cuando los marinos ya dormían plácida y ebriamente, Erik deambulaba por proa, admirando la luna llena, tenía algo especial hoy, le atraía, le seducía, no era capaz de dejar de mirarla. De repente un dolor infinito cruzó su pecho, partiéndole el alma en dos pedazos. Empezó a convulsionar, su estómago estaba hecho un lío y las ganas de echar fuera la cena iban en aumento. De repente se despertó, se encontraba plácidamente acostado en una cama, hecho un ovillo. Estaba oscuro, pero podía distinguir la figura de Jackson durmiendo a su lado. Según se iba desperezando, mientras la neblina era destruida por el primer sol de la mañana, se dio cuenta de que estaba mojado, y un escalofrío recorrió su espina dorsal. Algo iba mal, Jackson no respiraba, y sus fosas nasales fueron brutalmente invadidas por el desquiciante aroma de la sangre fresca, mientras, en su boca, el sabor a carne todavía rezumaba entre sus dientes. Los nervios afloraron de repente. No podía pensar, Jackson había muerto, y él lo había matado. Quiso morderse a sí mismo, acabar con su existencia. Pero entonces los marinos entraron en el camarote, alertados por los gañidos de Erik y vieron la escena.

Un rato después Erik fue arrojado por la borda con las patas atadas para que muriese por su asesinato. Pero no murió, casi ahogado resistía a morir arrastrándose por el fondo del mar, hasta que llegó a Veiholmen, ya extenuado, sin fuerzas y a punto de estallarle los pulmones. No entendía como ni porqué, pero no se había ahogado, era inexplicable.

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